Prólogo

Ser un zombi tiene sus ventajas: te puedes pasar todo el día haciendo algo completamente intrascendente, banal, mecánico… vamos, que no lleve a nada, no sirva para nada y te dé lo mismo; simplemente te dedicas a hacer lo que te pide el cuerpo. Félix, nuestro querido “zombi en vida”, desde que aceptó su condición, nunca fue tan “feliz”. No tenía que luchar contra su sentimiento de culpa por dejar que su tiempo fuera malgastado por su inactividad o incompetencia; había dejado de ser necesario hacer los “deberes vitales” (buscarse un trabajo importante, echarse una novia, tener hijos, ser alguien…) porque había alcanzado el “ZEN”.

Más de veinte años atrás, cuando estudiaba en un colegio religioso, se le quedó grabado un sermón de un cura en el que explicaba cómo una gallina no podía aspirar a ser un halcón ya que, al saltar al vacío e intentar volar, lo único que iba a conseguir era estrellarse contra el suelo. Aquella historia a Félix le pareció muy triste, sobre todo porque sabía que él era una de las “gallinas” de aquella clase de séptimo curso de EGB. El padre prosiguió diciendo que las gallinas tenían que estar orgullosas de ser lo que eran y dedicarse a hacer lo que tenían que hacer: poner huevos y “gallinear”, pero nunca volar. Félix se negaba a aceptar aquella realidad y, por difícil que pareciera, persistía en convencerse a sí mismo de que terminaría volando.

Pero en estos temas de “gallinas” y “halcones” los religiosos saben mucho, y no digamos si son de la Compañía de Jesús, porque tienen bien asumido el lugar que les ha tocado ocupar en el mundo, su cometido y a lo que han de renunciar para cumplir la voluntad de Dios. Así que efectivamente, aunque a lo largo de su vida Félix realizó varios intentos saltando al vacío desde diferentes alturas, jamás de los jamases llegó a volar.

Afortunadamente nunca resultó malherido, porque era lo suficientemente precavido como para asegurarse de que el firme bajo él fuera siempre lo suficientemente blando para amortiguar el golpe. ¿Pero era la prudencia, o la cobardía inherente a cualquier gallina la que le llevaba a actuar de esa manera?

Esta pregunta torturó a Félix (no demasiado, solo un poquito) hasta ser liberado por su “no vida”.