Oscuridad en la mente

Dibujo de un hombre mirando camisetas en una tienda de discos.Todo el imperio que había construido, en pos del cual había sacrificado su vida, al que había dedicado en exclusiva toda su atención y energía, se desmoronaba ante su impotente mirada. Inmerso en funcionariales labores de mantenimiento, revisaba todas y cada una de las facturas entrantes y salientes, recibos y contratos, cerciorándose de que todo estuviera correcto y en orden. Aquel ritual de mantenimiento diario se había convertido en el único remanso de paz en el que su consciencia lograba concentrarse en algo que no fuera la inminente debacle. La sensación de vértigo, sin embargo, era crónica en él: un continuo runruneo que soterradamente iba anulando la vitalidad e ilusión que un día había albergado, dejando únicamente desencanto, rencor y frustración.

Un cliente en toda la mañana. Alejandro no se molestó en mirar quién había entrado, aunque era consciente de su presencia porque había tintineado la campanilla de la puerta y, principalmente, porque el intruso parecía ser uno de esos que no conocían el significado de la palabra “ducha”.

A no ser que estuviera reponiendo la mercancía, Alejandro permanecía detrás del mostrador sumando y restando unas cuentas que siempre daban el mismo resultado: negativo; o se conectaba a internet, embarcándose en interminables búsquedas de no se sabe muy bien qué Santo Grial que pudiera sacar al negocio de la quiebra. Si algún cliente requería sus servicios, levantaba la mirada intentando reflejar todo su hastío en la expresión de su cara y, haciendo un extraordinario ejercicio de concisión lingüística, respondía con no más de cuatro o cinco sílabas: “no queda”, “al fondo”, “no hay”, un simple “no”, o su favorita: un contundente y definitivo “descatalogado”, con el que veía justificado utilizar la astronómica cantidad de seis sílabas. Era muy efectivo. Nadie hacía una segunda pregunta ya que, en caso de no haber sido útil o entendida la respuesta, lograba provocar tal rechazo que 96,0985766% de los futuribles compradores abandonaba el establecimiento para no volver jamás; el 2,23691% encontraba lo que buscaba gracias a las escuetas indicaciones dadas por Alejandro; y el 1,6645134% restante cambiaba de objetivo (viendo que no iba a encontrar lo que en ese momento tenía en mente) y volvía a revisar los mostradores en busca de otro vinilo, CD, DVD, camiseta o lo que fuera que en ese momento pudiera despertar su interés… eso sí, avergonzado por no haber sido capaz de reprimir su ansia de comprar tras recibir semejante desprecio por parte del dueño de la tienda.

Hubo un tiempo en el que Alejandro no fue así. Hubo un tiempo en que Alejandro fue uno de aquellos frikis melómanos a quien no había dependiente que le pudiera detener en la búsqueda de tesoros musicales. Tal vez por eso mismo despreciaba tanto a su clientela; porque él había sido uno de ellos y por eso se encontraba en aquella situación sin salida: propietario de una tienda de discos que durante los últimos años había dejado de producir beneficios. Con su actitud arisca parecía que buscaba acelerar el hundimiento del negocio, y acabar de una vez con aquella agonía.

Al comienzo de la crisis de la industria musical, con la llegada de los soportes digitales, culpaba a la sociedad tachándola de inculta, ya que esta consideraba estúpido pagar por aquello que se podía conseguir gratis (descargándolo de internet). Sus ansias de justicia fueron aplastadas por una realidad regida por los intereses de las empresas de telefonía y mafias recaudadoras de monetizados derechos de autor e imagen, al amparo de gobiernos ávidos de cobrar impuestos. Finalmente, el entorno terminó por doblegar su autoestima y diluir sus convicciones. Le habían convencido de que no era más que un pobre e inocente iluso que creyó poder construir una vida a partir de un pueril entretenimiento: coleccionar música.

Se acercaba la hora de cierre, y el tipo que había entrado no daba señales de vida. Alejandro decidió esperar a que terminara de sonar Black in Mind(1.) por el hilo musical. Por muy amargado que estuviera, no había perdido el gusto por la música. Deseaba que aquella persona saliera de la tienda motu proprio, pero aquello no acababa de suceder. La canción terminó dando paso a The Crawling Chaos(2.) que, aunque también le parecía un temazo, no justificaba prolongar la espera.

Alejandro asomó la cabeza por encima del mostrador. Al fondo del local, un hombre de mediana edad oscilaba levemente, como intentando mantener el equilibrio. Tenía el cuerpo parcialmente hundido entre las camisetas alfabéticamente ordenadas y colgadas en dos hileras (una a la altura de la cabeza y la otra a la altura de la cintura) que forraban la pared opuesta a la puerta de entrada. Alejandro pensó que aquel hombre debía estar muy miope para acercarse a mirar de aquella forma los dibujos de las camisetas. Se levantó y soltó todo un discurso de cinco sílabas:

–Hora de cerrar.

El hombre no se inmutó.

–Además sordo –susurró Alejandro.

Los frikis podían llegar a ser muy pesados, pero no había conocido a ninguno que no respetara la autoridad, y en su tienda nadie dudaba de que él fuera la autoridad. Decidido, con el respaldo que le daba su posición, Alejandro abandonó su atalaya. Según se acercaba al hombre, se dio cuenta de que no se trataba de un friki, sino de algún otro tipo de ser probablemente mucho más peligroso.

–Voy a cerrar. Abandone el local, por favor.

Aquel alarde de amabilidad también fue en vano: el hombre hizo caso omiso.

Llevaba una desgastada y algo mugrienta chaqueta vaquera de estilo un tanto puretilla, a juego con unos pantalones vaqueros del mismo tono, coincidiendo tanto en el color del tejido, como en la fina capa de mugre que los amarilleaba aquí y allá. Por su indumentaria informalmente formal, Alejandro lo habría catalogado como el típico aficionado a la música AOR(3.), si no hubiera sido por su extraño comportamiento, lo sucio que estaba y el mal olor que le acompañaba.

A poco más de un metro de él, comenzó a sentir nauseas de pensar el asco que le iba a dar tocar a aquel tipo para llamar su atención. Se armó de valor, y poso su mano sobre la mugrienta chaqueta… El tacto de la muerte heló su sangre, estremeciendo hasta la última célula de su cuerpo. Un frío inmaterial penetró por las yemas de sus dedos, despertando el recuerdo ancestral de horrores cuyo nombre se había perdido en el tiempo. Sintió que aquella chaqueta estaba vacía, pero no físicamente vacía, sino de una forma sobrenatural. Aquél ser se agitó buscando sin éxito una salida al lugar que ocupaba, completamente cegado por la opaca niebla de camisetas negras que envolvían su rostro, e incapaz de darse cuenta de que tan solo tenía que darse la vuelta. Alejandro racionalizó sus sensaciones, y logró desactivar el sentimiento de terror al llegar a la conclusión de que se estaba dejando llevar por miedos infantiles y absurdas supercherías metafísicas. Tenía que echar a ese tío a la calle, ¡ya!

Le cogió del antebrazo y, enérgicamente, empujó de él hacia atrás para separarle de las hileras de camisetas. El hombre se giró violentamente, y contorsionando su cuerpo logró alcanzar la mano con que Alejandro había tirado de él, mordiéndola justo entre el dedo meñique y la muñeca.

–¡Hijo de puta! –dijo Alejandro entre dientes.

Aquel hombre agitaba la cabeza intentando arrancar un pedazo de la mano izquierda de Alejandro, quien entró en modo berserk(4.). Aquello se había convertido en una cuestión de vida o muerte. Con la mano libre, la derecha, tiró de uno de los pocos mechones de pelo que quedaban en la cabeza del hombre, quedándose con él entre los dedos; agitó la mano para desprenderse de los pelillos que se habían quedado adheridos a su palma por el sudor y la grasilla; cogió un CD del mostrador de los CD que ocupaba el centro de la tienda, al ver que era el último de Annihilator lo volvió a dejar en su sitio (ya que acababa de salir al mercado, y albergaba la esperanza de que todavía alguien lo comprara); estiró el brazo hasta la sección de saldos y cogió otro CD con el que, sin prestar atención a su título ni autor (no fuera a arrepentirse), golpeó la cabeza de su atacante hundiendo la esquina de la caja un centímetro y medio en sus sienes. El hombre parecía inmune al dolor. Viendo que no lograba liberar la mano de las fauces del mugriento cuarentón, Alejandro decidió arrastrarle hasta la puerta de entrada. Intentando respirar lo menos posible, para no intoxicarse por los fétidos vapores que desprendía el hombre, tiró el CD al suelo y le agarró por detrás del cinturón. Poco a poco logró empujarle a través de la tienda, hasta el otro lado del umbral de la entrada, e interpuso la puerta entre ellos dos. Por mucho que golpeaba la cabeza de aquel hombre con la batiente, seguía sin soltarle. Solo quedaba una solución: cerrar la puerta del todo, aunque ello supusiera pillarse la mano en el intento. Se preparó para dar un último empujón cargando con todo su peso; contó hasta tres… y resultó no haber reunido el valor suficiente, así que respiró hondo, y comenzó la cuenta de nuevo: una, dos y…

<¡BLAM!>

El portazo hizo temblar el cristal reforzado de la puerta y del escaparate. Con la mano izquierda por fin libre, antes de que la señal de dolor llegara a su cerebro, cerró el pestillo de la puerta.

–¡AAAaaaah!

Un incontenible grito de dolor desgarró las cuerdas vocales de Alejandro, oyéndose más allá de los límites de la tienda, de la manzana, diría incluso que del barrio.
Aquel demente le había arrancado piel y músculo, dejando un boquete en el lateral de su mano. Alejandro hizo esfuerzos por no desvanecerse al verse la avería profusamente sangrante. Corrió al cuarto de baño, se limpió la herida con agua y se envolvió la mano en una toalla. Tras permanecer diez minutos sentado en el retrete junto al lavabo intentando tranquilizarse, salió del aseo con intención de coger el teléfono para llamar a la policía. Un ruido proveniente de la puerta de entrada le interrumpió. Se acercó a la puerta y vio al otro lado a otro cliente intentando acceder. Con expresión severa, Alejandro negó con la cabeza y de una ventosa adherida al cristal colgó, por última vez, el cartel de “CERRADO”.

 

Notas:

1. Black in Mind: primera canción del álbum Black in Mind de la banda Rage, editado en 1995.

2. The Crawling Chaos: segunda canción del álbum Black in Mind de la banda Rage, editado en 1995.

3. AOR (Adult Oriented Rock): etiqueta con la que algunos grupos, sobre todo en la década de los ochenta, pretendían distanciarse del rock adolescente.

4. Berserk: estado en el que el individuo afectado actúa imbuido por una furia irrefrenable, como por ejemplo El Último Guerrero (The Ultimate Warrior) tras darle “El Baile de San Vito”.